Confesiones de un ansioso

Soy Dano y sufro de ansiedad: el hecho de decirlo en voz alta me alivia tanto como reconocer lo que hay detrás de muchos de sus síntomas. Ahora sé, aunque me había negado a aceptarlo, de dónde nace eso que me ha afectado tanto en el transcurso de los años. Crecí creyendo que debía ser perfecto y fuerte, así que negaba cualquier señal o evidencia que me alejara de este ideal, sobre todo durante aquel periodo en el que pensé que ser espiritual significaba no tener «defectos».

A pesar de mis esfuerzos, la ansiedad siempre estuvo ahí como un recordatorio de que necesito aprender, enfrentar las pruebas de la vida y aceptar mis circunstancias. Hoy sé que abrazar mi vulnerabilidad abre una inigualable oportunidad para amarme de forma plena. También estoy consciente de que todos mis intentos por negar mi naturaleza se traducían en una incapacidad por entender y escuchar un mensaje interior.

Después de todo ser una «persona ansiosa» es tan solo una característica que, conforme pasa el tiempo, he ido aceptando y comprendiendo. Ahora, en vez de resistirme, observo con distancia las situaciones que detonan mi ansiedad y me pregunto ¿es esta una bendición? Aunque me gustaría responder que no, la verdad es que sí lo es: hoy acepto la lección que ciertos «inconvenientes o supuestos defectos» regalan.

En el pasado, solía tomar alcohol e inhibía mis emociones por costumbre y terror de sentir. Cuando me armé de valor y atendí mi ansiedad, la vida fluyó mejor porque acepté que no puedo controlar todo y abandoné el miedo.

La ansiedad no es un defecto o algo por lo cual avergonzarse, sino una respuesta interna que exige amor y cuidado. Soy Dano, padezco ansiedad y se siente muy bien aceptarlo.
Namasté,

Dano