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Hace más de 10 años me comprometí a llevar una vida espiritual y sana, este deseo me hizo conocer el yoga, la meditación y, especialmente, volverme vegano. Sin embargo, con el tiempo ocurrió algo que no esperaba: mi afán por «ser sano» me generó ansiedad. Por todo lo anterior y la rigidez con la que veía las cosas, estoy seguro de que, cuando comencé a transitar por el camino espiritual, no pensé obtener respuestas de cosas tan sencillas como una dona con lácteos, harina refinada y azúcar, ingredientes que para muchos son considerados nocivos.

Si analizo las cosas, descubro que mi ansiedad «por ser sano» era causada por creer que existen «estándares o niveles de perfección»: si no practicaba yoga o meditaba, me juzgaba; si no comía «de forma saludable», me preocupaba. Así fue como una buena intención me acarreó consecuencias no tan positivas.

¿Estaba cometiendo un error? ¿Qué debería cambiar? Definitivamente, al menos para mí, comer carne o dejar de practicar yoga no eran las respuestas. Pronto recordé el disfrute que me generaba este nuevo estilo de vida y que estaba olvidando por mis ansias de perfección. Mi adorada maestra Gabby Bernstein dice que «sentirse bien es sentir a Dios»: ser espiritual no es una cuestión de ego, es decir, de obtener conocimientos, comer de cierta manera o leer muchos libros, sino de vivir gozosamente en el presente, de otorgarle una intención adecuada a nuestras acciones.

Según la ley de la atracción, la gracia y el gozo acarrean felicidad y plenitud. Aun si comemos donas, si nuestra vibración es la adecuada, si dejamos a un lado el juicio y la autoexigencia, es muy posible que pronto comencemos a escuchar a nuestro cuerpo y prefiramos aquello que nos genere mayor bienestar. Por esto no hay una receta, una dieta única o una regla con respecto a las restricciones, cada uno debe escucharse y conocerse. Hay que aprender a elegir eso que nos hace sentir bien y abandonar el miedo que, por ejemplo, ciertos alimentos nos producen por pensar que nos acarrearán enfermedades.

Yo no comía donas, y otras muchas cosas, por temor a que estas me hicieran daño, el ego me indicaba que debía ser saludable a como diera lugar. Lo cierto es que la verdadera intención del veganismo es el respeto hacia las otras especies y el cuidado del medio ambiente, el veganismo no es una pose del ego que busca ser saludable, es un estilo de vida compasivo y yo lo estaba olvidando.

Ignoré el sentido de lo que estaba haciendo, me restringí y me frustré, quise ir ir de 0 a 100 en un día en vez de hacer las cosas de forma gradual en conexión con mi cuerpo. Con el tiempo he descubierto que, por ejemplo, puedo beber café una vez a la semana y los otros días sustituirlo por algún té o un smoothie. Hoy estoy consciente de que el único cambio permanente y sostenible es el que disfrutamos, quizá por eso los planes alimenticios llenos de restricciones a mucha gente no le funcionan.

La práctica espiritual más importante es dejar de juzgar(nos), aceptar quienes somos y permanecer ecuánimes sin importar si practicamos yoga, somos veganos o grandes meditadores. Como verás, yo encontré lo espiritual en una dona que no era vegana y todos podemos hallar respuestas en las cosas sencillas que nos conectan con nuestro verdadero propósito: ser felices, estar presentes.
Namasté,

Dano

 

 

 

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