La perfección es enemiga de la felicidad

Soy una persona obsesiva y durante largo tiempo todas mis acciones se guiaron por el afán de perfección. Así me convencí de que o hacía las cosas bien o no las hacía en absoluto. Bajo esa luz, verme al espejo significaba emitir juicios negativos hacia mi persona. También mis sueños y ciertas actividades que gozaba fueron abandonados por no aceptar el proceso de aprendizaje. Y es que si no dominaba una tarea, la dejaba en definitivo, no me permitía fallar.

El gran problema de la perspectiva antes descrita es que la perfección es subjetiva, depende de nuestro estado de ánimo; si somos honestos, siempre encontraremos cosas para mejorar. Vivir guiados por la idea de perfección causa mucho dolor, limita nuestra felicidad porque iniciamos una carrera infinita hacia una meta que nunca alcanzaremos. Vivir así también es peligroso porque apostamos nuestra felicidad por lo externo e incontrolable.

Cuando cobré conciencia de mi tendencia al perfeccionismo, busqué las raíces de esta y descubrí los argumentos que me convencían de que mis esfuerzos eran insuficientes: “cuando seas perfecto serás digno de ser amado”; “si no eres una persona ejemplar, no mereces ser aceptado”; “si no haces las cosas muy bien, no sirves para nada”.

Esos argumentos, mi estimado(a) lector(a), no eran más que afirmaciones absurdas de mi ego, aunque para mí eran una realidad. Creer que era digno del amor solo por existir me parecía una fantasía, un imposible, mas si analizamos los argumentos ya mencionados nos daremos cuenta no sólo de que carecen de sentido, sino que eran la fuente de mi enojo.

Por mucho tiempo elegí la supuesta razón en vez de la felicidad, lo cual implicó huir de las responsabilidades por miedo a fallar. Además, la amargura me incitaba a criticar y a desprestigiar a los otros para colocarlos al nivel al que yo me rebajaba en mi interior, mi ego me había convencido de que, a diferencia de mí, todos lograban ser perfectos y esta era una “verdad” que yo no soportaba.

El dolor me descubrió la importancia de fallar y con esfuerzo comprendí que los errores son una oportunidad magnífica para amarnos. También entendí, después de mucho tiempo, que no era necesario saber y controlar todo para dar los primeros pasos, que lo más importante es la voluntad de hacer las cosas, que las respuestas aparecen conforme uno avanza.

Cuando aprecié la relevancia del proceso, vi que la perfección, de existir, es un estado interior de contento que se decide cada instante. Hoy realizo muchas actividades que antes no me permitía, las disfruto, cometo errores, aprendo del proceso y me acepto perfectamente imperfecto.

Namasté,

Dano